Es difícil hacer un análisis del país que lo vio nacer a uno, desarrollarse como adolescente, adulto, cuando se vive fuera de él. Se teme ser injusto, endiosar situaciones, perder la perspectiva, por eso de los matices que se desdibujan a la distancia.
Este intento de aproximación a mi país desde México surgió leyendo a
Julio Ortega. Cito algo que me interesó, aunque toda la nota logró conmoverme: "Me escribe Matilde Sánchez, directora cultural de “Clarín”, que en un masivo programa de televisión por cable se escucha cada noche coplas de violencia machista y grotesco verbal. La devaluación del lenguaje se expresa en la “cumbia villera,” cuyo héroe vive la deshumanización de las villas miseria con orgullo triunfal. El grupo “Los pibes chorros” (los chicos ladrones) es el más difundido, y su hit se llama “Arriba las manos;” o sea, mueran las palabras. El lenguaje sucumbe cuando el crimen es la expectativa social dominante."

Aparentemente el "cantito" o "acento" de los argentinos agrada en el exterior, yo sin embargo, empiezo a sentirme molesto cuando escucho ese cantito que, sin duda, sigo cargando también.
En esta era global, en que la publicidad que se ve por cable en los distintos países no necesariamente es producida localmente, y se expresa con el caló, modismos y giros de un país a miles de kilómetros, la publicidad argentina suena lo que los porteños denominan "grasa". Es una publicidad con una elevada carga de vulgaridad. Es sí, creativa, la publicidad por estos lares es a mi gusto bastante "chata", como la televisión en general, salvo honrosas excepciones.
Sería interesante hacer un intercambio de población en nuestras Américas, para que todos pudiéramos tener la suerte de enriquecernos con lenguajes y culturas diferentes, y ver la particularidad cultural del país de origen más objetivamente.
Yo soy ya extranjero en mi propia tierra. Volver a mi país implicaría readaptarme, pero de todas formas seguiría sintiéndome extranjero. Un país con 30.000 desaparecidos, políticos corruptos, militares con prebendas entre cuyas filas hay asesinos, el poder político y el narcotráfico de la mano, desorden social como única manera "democrática" de reclamar frente a la injusticia y a la presión de la corrupción internacional...
Es un país al que nadie en su sano juicio desearía regresar. Es un país que nadie podría reconocer como propio sin verguenza.

Claro que acá la cosa no está mucho mejor. Los desaparecidos no fueron todos juntos, pero reina la impunidad.
Los
asesinatos de Ciudad Juárez enlodan a cualquier presidente que diga ser "democrático", si no logra bajo su gestión esclarecer
frente al pueblo y claramente cómo sucedieron. Ningún presidente mexicano puede creerse un viejo zorro de la política si no siente vergüenza como mexicano de vivir en un país así. Y no sigamos escarbando en los males de esta sociedad, porque concluiríamos en que las sociedades latinas tienen democracias de utilería. Chile con su Pinochet, la patética y vergonzosa situación en Colombia, la desaparición de personas en Uruguay, el Fujimorismo y la anuencia o tolerancia de la que gozó.
Son temas que mejor ni tocar, porque tendríamos que investigar aunque sea periodísticamente los nexos entre la banca mundial, la DEA, la CIA y el narcotráfico, burlarnos de los americanos y su cacareada "igualdad de oportunidades", "respeto a los derechos humanos", y demás sonsonetes que jamás han respetado.
Este mundo es un desastre, en donde
los valores están subvertidos completamente. El Kali Yuga, lo llama un amigo hinduísta. Cambalache, le decía Discépolo, un argentino lúcido, uno de los tantos que hay, hubo y habrá. Uno de los que por desgracia, nunca detentarán el poder.