Creemos que para vivir sólo hace falta seguir una rutina determinada, que pasa por el bautismo, el casamiento, engendrar hijos, trabajar y morir, y que si seguimos al rebaño vamos en la dirección correcta...¿Será cierto?
Días pasados estuve en el festejo de un cumpleaños infantil. Hubo un hecho que me llamó la atención y originó esta nota que suma reflexiones sobre la vida que queremos para nosotros y los que vienen detrás.

El “deprimidor oficial” del espectáculo, además de su patetismo para entretener, propuso un juego cándido y simple: dos hileras de sillas, respaldo contra respaldo, y una ronda de niños que debían dejar de caminar en torno a las mismas y sentarse al finalizar la música. Se retiraban cada vez más sillas y los excluídos iban quedando fuera del juego.
Al margen del llanto de los críos que quedaban fuera de “la diversión”, me pareció un perverso pero claro mensaje de lo que les espera en el futuro: un mundo en el que los que no son rápidos para asegurarse un sitial a costa de otros, son excluídos del sistema.
Muchos a esta altura plantearán que esa es la exclusión simbólica de los niños ricos, que la verdadera exclusión pasa por no poder estudiar, ya sea por cuidar a los hermanitos, vivir lejos de la escuela, o la necesidad de sumarse al trabajo para alimentar a una familia. Otros pueden señalar que en el mundo hay niños que son excluídos por su procedencia racial, niñas que son expulsadas de colegios de paga por estar embarazadas, y otros más hablar de aquellos que en la miseria, deben trabajar para delincuentes que, por no ser punibles, los mandan a robar. Espero no parecer un ingenuo a los más radicales.
LARGO Y SINUOSO CAMINO
Desde la niñez hasta la tumba, los seres humanos recorremos un largo trecho, y como en toda expedición, los víveres deben alcanzar para toda la travesía, así los valores que uno adquiere, lo acompañan toda su vida, a flor de piel, o sepultados en el subconciente por algún evento.

Cuando nos insertamos socialmente, debemos crear lo que el pensador G.I. Gurdjieff denominó “topes psicológicos”, uno no va por el mundo tomando todo lo que quiere, matando a alguien porque su apariencia desagrada, o poseyendo a las personas del sexo opuesto que se le antojan, este aprendizaje de los límites sociales es por todos conocido.
Asimismo, nacemos con un capital intelectual, emocional, físico y sexual, y de cómo lo administremos depende que agotemos o no ese capital, lo cual nos lleva a la locura, la esquizofrenia, la invalidez o la impotencia, entre tantos otros males.
La escritora Rosa Montero, hace una interesante reflexión en su novela “La hija del caníbal”. La idea es, más o menos, que nacemos con miles de cualidades y posibilidades, de las cuales llegamos a quedarnos con una, acto que los profetas del pensamiento ñoño llaman “madurez”, y ella llama pudrirse. Esta imagen me parece interesante. Estamos acostumbrados a tener clishés de lo que debe ser la vida de relación, el aspecto de las personas, y terminamos haciendo de nuestra vida una parodia, una mala comedia o una tragedia, cuando vivida libremente podría ser una gran obra.
Nota impresa en el 2003