Un ramillete de palabras puede ser tan efectivo para esta primavera austral como un ramo de flores. Con la llegada de la estación del amor, las hormonas alborotadas necesitan el lenguaje poético para gasificarse y explotar.

Llega la primavera, y aunque para los poetas todo momento es propicio para versificar, éste brinda la excusa perfecta al Pitufo poeta y sus temerarios bardos.
La estación de las flores llega para todos, “Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas, / y las largas viudas que sufren el delirante insomnio, / y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas, / y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas,...” dice Pablo Neruda.
Uno se ve envuelto por una cierta voluptuosidad, entonces llega el angelito de las flechas, saca una del carcaj... dispara... y nace el amor. Aclaramos que “...el amor es toda esa turbulencia / que nos estruja la vida / y al mismo tiempo la alisa brindándole el sofá más cómodo...” Esto según Zoé Valdés, cubana, del ´59.
El amor, el sexo, el erotismo, conforman una maraña que une a los seres y hace difícil reconocer los límites de la propia identidad. Los más jovencitos inician el viaje del amor sin tener en claro si lanzarse al agua o llevar salvavidas (ahora sinónimo de condón), “aquellas sensaciones descubiertas / con las primeras letras tienen nombre / distinto según sea / la hoja por la que se abre el diccionario: / pecado, el fuego eterno, simplemente sexo.” El poeta catalán Iván Tubau así lo cree.
Y es importante la aclaración del catalán, ya que el amor, por alguna extraña maldición, está categorizado, sobre todo en los lugares más apegados a las tradiciones, como adecuado y permitido, o prohibido, además de otros rótulos que generan dolor, culpa, separación y hasta muerte.
AMORES PROHIBIDOS

Hay, por supuesto, poetas que tienen bien puesto lo que hay que tener, como la argentina Diana Bellesi, que sin más ni más, se le anima a la poesía lésbica: “-Amar a una mujer, dijiste, / vuelve a ser / niña y madre para siempre / para ambas / la ciudad de donde fuimos desterradas / y es, sin embargo / la vez primera / en perfecta polaridad / o semejanza / donde emerge la persona / y la madre se aleja...”
Los censores permiten una visión naive de la sexualidad y el erotismo, como la de Gioconda Belli en este poema: “Recorrer un cuerpo en su extensión de vela / Es dar la vuelta al mundo / Atravesar sin brújula la rosa de los vientos / Islas golfos penínsulas diques de aguas embravecidas / No es tarea fácil –sí placentera- / No creas hacerlo en un día o noche de sábanas explayadas / Hay secretos en los poros para llenar muchas lunas...”
Pro cuando la cosa se vuelve íntima y desnuda crudamente la sexualidad femenina, como lo hace Irene Gruss (argentina, del ´48), ahí se preparan las hogueras inquisitoriales: “Mastúrbate / úntate cada pezón con miel / y baja el mentón, la lengua / saben dulces, toca / circularmente cada punta morada, agrietada o lisa / y luego acaricia el vientre, el ombligo,...” E igual reacción ante el poema a la mano de Onán del dominicano Manuel del Cabral: “Se me llenan de ángeles los dedos, / se me llenan de sexos no tocados.”

La visión estrecha por suerte no es la más abundante, porque la poesía le canta sin tapujos a la sexualidad. Como Rosario Castellanos en “Ninfomanía”: “Te tuve entre mis manos: / la humanidad entera en una nuez / ¡Qué cáscara tan dura y tan rugosa! / Y, adentro, el simulacro / de los dos hemisferios cerebrales / que, obviamente, no aspiran a operar / sino a ser devorados, alabados / por ese sabor neutro, tan insatisfactorio / que exige, al infinito, / una vez y otra y otra, que se vuelva a probar”.
La poeta de origen salvadoreño Dina Posada, rompe con los clishés feministas de los ´70, y rescata al hombre en la figura del amante, pintando la sexualidad así: “...Arca que guarda el primer estupor / Sepulcro de vírgenes / Mina de agua espontánea / en que el fuego trastornado se vierte / Laguna donde muere sedienta la mentira...”
Hagamos de esta primavera que comienza una laguna en donde enterrar la mentira y abrirse al amor, la poesía siempre está dispuesta y acompaña.